Cuando comenzó a llover, pasada las 8 de la noche, Remigio, 73 años, maestro de primaria jubilado en Cuba, junto a una decena de personas que hacían cola para comprar aceite vegetal, corrió a guarecerse del aguacero en el portal de un agromercado estatal. Al poco rato llegó el apagón.
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Auxiliada por la linterna de su celular, Lidia, 66 años, ama de casa, apunta los nombres y apellidos de los que están en la cola en una libreta escolar. Cada vez que cae una descarga eléctrica se persigna. Remigio, quien la ayuda a organizar la cola, a cada persona le entrega un trozo de cartón con un número pintado con un creyón rojo.
“Eso sirve de poco. A la hora de los mameyes, cuando comienzan a vender el aceite, hay una pila de colados, gente que cuadra con la policía o los empleados del mercado”, dice Lidia. Y Remigio aclara que le toca hacer guardia toda la noche en la cola, a pesar de que no se ha podido confirmar si en los próximos días entrará el aceite.
Problemas en Cuba
Con su pensión de 3.000 pesos, 21 dólares al cambio en el mercado informal, la magra canasta que otorgan por la libreta de racionamiento es el principal sostén alimenticio de la familia de Remigio. “Somos siete personas, mi esposa, dos hijos, tres nietos y yo. Mis dos hijos trabajan y no nos alcanza el dinero. No podemos comprar carne de puerco y mucho menos pescado o carne de res. Tenemos que estar todo el tiempo haciendo colas para poder comprar pollo, aceite o perritos cuando surten en las tiendas de moneda nacional. El dinero que entra en la casa se gasta en comer lo que aparezca y que no sea caro”, explica.
Hasta los 10 años, Remigio comió bien y variado, para el estándar de vida cubano, como casi todos los cubanos. En los hogares podía faltar el dinero, pero en las bodegas, carnicerías y puestos de chinos jamás escaseaban los alimentos, a precios módicos. Con la llegada de los barbudos en enero de 1959, la comida empezó a desaparecer y Remigio ya no podía desayunar, almorzar y cenar con la misma cantidad y variedad de su infancia. Pero nada comparable con ‘la situación coyuntural’ de Díaz-Canel, una versión del primitivo Período Especial que sacudió a la Isla en la década de 1990. Entonces, cualquiera podía comer pan con aceite y tomar agua con azúcar prieta, ahora un lujo.
“Estuve engañado demasiado tiempo. Apoyé al Fidel y me creí el cuento de que los cubanos nos sacrificábamos para que nuestros hijos y nietos vivieran mejor. Se burlaron de nosotros. Todo fue mentira. A veces estuvimos menos mal o regular, pero nunca salimos del hueco. Vivir con decencia es algo que no conocemos la mayoría de los cubanos. Y los que peor están fuimos aquellos que apoyamos el proceso y no tenemos familiares afuera. Pero ya se me cayó la venda. Este gobierno es lo peor que ha tenido el país, con dirigentes que intentan engañarte a base de consignas y promesas. Díaz-Canel es un cáncer. Todos los disparates y deficiencias las justifica con el bloqueo yanqui. Hace unos días dijo que quienes protestaban por los extensos apagones eran indecentes. Es el colmo del descaro y la desfachatez. No quieren reconocer que el 90 por ciento del pueblo, sobre todo los más pobres, no apoyan a Díaz-Canel ni a los ministros, tampoco sus reformas, que no benefician a los trabajadores ni a los jubilados”, confiesa.
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